Ginzburg rastrea los fundamentos de su paradigma como un detective de la cultura universal. No es incoherente plantear el rastreo que hace y el texto que escribe, como un modelo de tal paradigma, en tanto que insinúa un método minucioso e interpretativo, siguiendo los indicios dejados en el transcurso de la historia, revelados a su vez como fenómenos sociales, textos propios de civilizaciones antiguas, un tratado de arte de un médico renacentista, textos de la cultura popular, la novela moderna y una serie de elementos que ordenados de manera particular, como un espiral, nos dimensionan la certera posición del paradigma indicial en el devenir del pensamiento humano.
En el texto, Ginzburg aplica el paradigma que redescubre, a partir de la observación de particularidades que en apariencia resultan inconexas, como la relación entre los textos adivinatorios mesopotámicos, la disección de un becerro que nace con dos cabezas durante el siglo XVII y la narrativa de Connan Doyle, en una revelación continua, como una superposición de pistas que nos muestran una verdad que a su vez es desmitificada por una verdad aún más profunda. Parece el engranaje de lo que él mismo encuentra como coincidente entre la descifración cinegética y el modelo de las novelas o relatos policíacos modernos, construidos para seducir la mente en un método que resulta ser milenario y por ende inherente a la estructura de nuestro pensamiento.
La estrategia de Ginzburg comienza corriendo el velo para mostrar el momento más anterior al paradigma que intenta exponer. Así, nos lleva al cazador primitivo, en quien está presente la habilidad heredada de leer los rastros de los animales de presa en la naturaleza. Para Ginzburg, este es el primer narrador de historias en quien se ha materializado una capacidad enorme de construcción significativa; un proceso que pasa por distintas operaciones mentales como la comparación, la clasificación, metaforización, la hilación de ese código silente que deja la naturaleza en su paso, al que Ginzburg da el nombre de descifración cinegética o al arte de la caza, para referirnos a ello en términos más escuetos. Es ese el primer nombre conceptual que Ginzburg da a lo que antes nos ha mostrado como método Morelliano.
Pero no está satisfecho con sus averiguaciones y recorre el proceso de lectura primitiva o descifración cinegética a la aparición de la escritura como un proceso de transliteración de estos rastros dejados por los animales de presa a signos gráficos y las consecuencias que este paso genera para la historia de la humanidad. Comienza entonces a comparar tal procedimiento con las consecuentes circunstancias de la aparición de la escritura en China, por ejemplo, y de los textos adivinatorios mesopotámicos en los que encuentra en común el minucioso examen de una realidad tal vez ínfima, para descubrir los rasgos de hechos no experimentables directamente por el observador[1]. Los procesos de lectura de elementos presentes en la naturaleza y las distintas transformaciones que estos sufrían en relación con todos los elementos del mundo, son el fundamento de estos textos mesopotámicos y en últimas, de la práctica vital del cazador antiguo. “Ciertamente (dice Ginzburg) la segunda serie (comentando los referentes de lectura que sostienen los textos Mesopotámicos) era prácticamente ilimitada, en el sentido de que todo, o casi todo, podía convertirse para los adivinos mesopotámicos como objeto de adivinación.”.
En su precisión y depuración del asunto, Ginzburg alerta sobre la divergencia latente en estos fenómenos antiguos del paradigma y la importancia de observar en ellos, las nuevas características que los vitalizan: La lectura cinegética observa el pasado y los textos mesopotámicos asoman hacia el futuro, en apariencia. Lo advierte, porque ve en los segundos una fusión de la característica del primero. Considera que los procesos mentales que determinan a uno y otro fenómeno son muy similares formalmente aunque no de forma social. La escritura y la lectura de los signos presentes en los astros o la naturaleza, dotan a los textos y los intérpretes mesopotámicos de una estructuración mística que canaliza la expresión de los dioses con los hombres, desembocando en la aparición de la mántica a la que Ginzburg da el nombre de disciplina y en la que no solo está presente la necesidad de descifrar el futuro, sino implícitamente también el conocimiento del pasado y el presente.
Ya en los textos de adivinación mesopotámicos se advierte la correlación entre ciencias que en apariencia disímiles, resultan útiles como guía decodificadora y como vehículos imprescindibles para lograr tal lectura del mundo y sus designios. Están nutridos con el léxico judicial, los términos de la fisonomía y la medicina. Sintetiza Ginzburg estos aspectos en la presencia de la práctica sintomatológíca, alertando de nuevo en la superficialidad de reunir las distintas formas del conocimiento mesopotámico tan solo en ella. Dista de reunir en un mismo grupo a la adivinación y la medicina y nos lleva a pensar mejor en un paradigma indicial o adivinatorio, nuevo nombre conceptual con el que dota a su rastreo. Tal paradigma indicial representa la forma en que el hombre se asoma a la lectura de los hechos del pasado, del presente y el futuro, poniendo en correlación, hasta el momento, las ciencias con las que cuenta.
Al trasladar su observación a la cultura griega, el paradigma indicial o adivinatorio cambia de mátodo. Para los griegos el paradigma estuvo desvinculado del prejuicio de la intervención divina y deja de relieve, lo que Ginzburg llama como proceso sintomático indicial, presente en la medicina Hipocrática, que toma de manera exhaustiva el análisis del síntoma en el individuo: “Sólo observando atentamente y registrando con extrema minuciosidad todos los síntomas – afirmaban los hipocráticos- es posible elaborar “historias” precisas de las enfermedades individuales: La enfermedad”. El advenimiento de la conjetura, que parte de la medicina hipocrática, es sumergido en el desprestigio que posteriormente avasalla la idea de rigurosidad científica impuesto por Galileo durante el siglo XVI, que se contrapone al sentido del paradigma indicial por estar centrado en la particularidad, en la lectura de señales y la construcción de conjeturas.
Guinzbur devela entonces la ruptura que se presenta en el conocimiento humano con el advenimiento del pensamiento de Galileo. La ciencia queda inscrita rigurosamente al signo inmediatamente cuantitativo, legible y evidente, como lo demuestra con la aparición de la crítica textual, ligada a la escritura y a la aparición de la imprenta. El libro, que padece de la depuración de la esencia cualitativa de los textos inicialmente orales, como en el caso de Homero, es alejado totalmente de su origen y se le inscribe exclusivamente al campo de la reproducción escrita, mecánica, y por ende evidente, legible y cuantitativa. Así, descubrimos por qué el campo de la crítica textual es susceptible al marco cientificista que posteriormente predominó durante el siglo XIX y se destaca en claro el hiato entre ciencia humana y ciencia de la naturaleza. Ginzburg totaliza así la paradoja del físico galileano sordo a los sonidos e insensible a los sabores, y al médico de su misma época, que aventuraba diagnósticos aplicando el oído a pechos catarrosos, olfateando heces y probando el sabor de orinas…”
Paradójicamente, Ginzburg descubre a Giulio Mancini, médico italiano inscrito en tal separación. Un hombre en el que hace presencia la inclusión de dos habilidades fundamentales: ojo clínico y ojo conocedor. La ciencia y la conjetura. Mancini es célebre por escribir un manuscrito cuya finalidad es ayudar a los nuevos interesados en el arte, en la identificación y el reconocimiento de las pinturas apreciadas en gran proporción en su tiempo y dotadas indiscutiblemente de un valor comercial, y por consiguiente, susceptibles a la imitación. Para Ginzburg, el médico es importante porque en la escritura de su método, equipara la producción escrita con la producción pictográfica, determinando dos rasgos para él indisolubles de la obra: Las características del tiempo en que se realiza y los rasgos propios del artista. Un efecto de tiempo o escuela y un efecto de estilo. Tal método supone el análisis, inusual para el momento, de las características individuales del artista, apoyado en las determinaciones de diagnóstico propuestas por Hipócrates y el surgimiento de nuevas ciencias como la grafología. Ésta última, como una herramienta que ejemplifica la puesta en relieve de las características estéticas y sicológicas de un escritor. La clasificación individualizante que permitía el método, hicieron suponer al médico que se podría aplicar en la identificación de falsificaciones de obras de los maestros de la pintura. Hace énfasis Mancini en la necesidad observar en la mano del maestro, esos aspectos que indefiniblemente resultaran menos interesantes y de rápida ejecución en la construcción de su obra.
Surge la necesidad de abrir otro camino, o mejor, redescubrir el ya transitado por los adivinadores mesopotámicos y enriquecerlo con los procedimientos de la ciencia. La ciencia totalizante galileana debía incluir la propuesta de una mirada individualizante. La fusión entre los paradigmas adivinatorios y el paradigma científico comienza a encaminarse con la guía de Mancini hacia la moldura de lo que luego se determinaría como ciencias humanas. Inscritas desde entonces a un nuevo proceso de observación, más ligada a la inclusión de los sentidos y al declive del prestigio de ciencias como la medicina, en la que se incluían problemas de fondo como la particularización de los seres humanos, la individualización de sus padecimientos y el distanciamiento que los médicos seguían teniendo al continuar el acercamiento a sus pacientes a partir de elementos puramente indiciales. Se disecciona un cadáver, pero el cuerpo vivo continúa intacto. Para Ginzburg, en este problema se visualizan los cuestionamientos que darían firmeza a las ciencias humanas. El declive de la medicina intuye igualmente el desprestigio de la ciencia totalizante y da pie al rescate de los saberes milenarios, intuitivos y heredados que tienen las personas en su vida común. Ginzburg deja entre dicho una comparación para ilustrar este momento: “Piense, sin más, en el abismo que separaba a la esquemática rigidez de los tratados de fisionómica de la penetración fisionómica flexible y rigurosa que parecían ejercer un amante, un mercader de caballos o un jugador de cartas”
Durante el siglo XVIII, estos saberes o pequeños discernimientos ya se habían incluido en el caudal de los conocimientos de la sociedad burguesa, alimentando la reformulación del conocimiento predominante desde la antigüedad, movimiento que culmina con la entrada de la literatura de ficción a este mundo burgués, punto de partida para que se determinara de nuevo una mirada al paradigma indicial. Se cierra aquí el círculo con el cual comienza a explicarnos su paradigma. El conocimiento cinegético que entra en la mente de la sociedad europea a través del rescate de la literatura popular y los saberes de las fábulas. Con la historia de los tres hermanos que reconocen el camello perdido, se sienta el precedente de la entrada de un conocimiento antiguo y moderno, trascendente en la literatura de Poe, Shesterton, Connan Doyle, Humberto Eco. En el campo científico, se desencadena la eclosión de una serie de ciencias que se interrelacionan con la intención fundamental de hacer profecías retrospectivas, expresión que nos lleva a entender la razón de ser de la historia, la arqueología, la geología, la astronomía física y al paleontología.
Queda pertinente hacer una pregunta: ¿Cuál es el camino que toma un estudioso del mudo de la ficción literaria, usando las estrategias detectivescas del paradigma indicial, en un momento de interpretación concreto?
[1] En indicios, Raíces de un paradigma de inferencias indiciales.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada