domingo 1 de julio de 2007

DIÁLOGO ENTRE LA NOVELA EL DÍA SEÑALADO Y LA HISTORIA DE LA ÉPOCA DE LA VIOLENCIA EN COLOMBIA

La cruz de José Miguel Pérez tiene una inscripción sencilla: diciembre de 1936 - Enero de 1960. Entre las dos fechas hubo una vida sin importancia[1], dice el narrador en el primer prólogo. A pesar del olvido al que nos remite la imagen de la cruz, como muchas otras en los caminos de herradura de los campos en Colombia, resulta imperante descubrir cuáles son los eventos que acontecen paralelos a los sueños simples que rodearon esa vida sin importancia y que de manera irremediable la llevaron a la muerte. José Miguel muere porque los soldados del gobierno roban su caballo alazán. Cae abatido en el intento de pelear por lo que es suyo. ¿Hasta dónde podemos determinar que aquella muerte, que es un referente en el extenso de la novela, sea un punto común entre los acontecimientos históricos y la trama de la ficción?

Tres elementos fundamentales nos dan la respuesta al respecto y están referidos al entramaje, primero, de la historia nacional y en un segundo nivel o plano de análisis, al tiempo ficcional de 1936 a 1960 (como referencia de la cruz) con un matiz azaroso y de agobiante de complejidad:

· Pugna bipartidista en los años treinta, dotada en su trasfondo por el conflicto presente en el campo Colombiano, dado por el proceso de colonización campesina, instigada por leyes proclamadas durante la llamada República liberal.[2]

· En este ambiente, encontramos la vitalización del gamonalismo, como una herramienta aliada a los propósitos de caudillos oligarcas o locales y que ya en la novela son un entramaje más de la decadencia violenta de los pueblos y està simbolizada en el cojo Chútez.

· Radicalización oficial de la lucha entre partidos, enfatizada por la represión generada como proyecto político de los conservadores y que desemboca en la dictadura militar, la repartición del poder durante el Frente Nacional, y la eventual y cada vez más firme lucha contra los movimientos campesinos ya no de resistencia sino guerrilleros.

Resulta innecesario apuntar a reflexiones ya dichas en el curso en cuanto a los fenómenos más destacados de estos eventos y sus protagonistas. Igualmente es abrumadoramente complejo deshilvanar las múltiples aristas que se comprometen en la generación de La Violencia en Colombia durante los años que abarca la inscripción de la cruz. Sin embargo es interesante determinar las luces que la novela da sobre los mismos. Si bien Vallejo no nos permite realizar una fijación histórica determinada, (aunque nos atengamos exclusivamente a la cruz de José Miguel Pérez) ya que el contexto está percibido por recuerdos íntimos que asaltan a los personajes continuamente como en un recurrente escape o reivindicación de los sentimientos vindicativos, es posible visualizar caracterizaciones y alusiones que dan profundidad al respecto de los distintos focos potenciadores de La Violencia.

El recuerdo recurrente del padre Barrios es pertinente para encontrar la arcaica y profunda búsqueda infructuosa de los hombres del campo por la tierra. En contraste, en el enterrador hace presencia la masacre, la expropiación y la venganza. El cojo Chútez es el centro del odio, el responsable de la muerte, del abandono; el gamonal que caza continuamente la pelea con la muerte en la gallera y la muerte apuesta a su favor.

Las guerrillas del páramo son la semblanza de la resistencia campesina, transformada, mitificada, desahuciada y referente de salvación por quienes son reprimidos.

Los soldados del sargento Mataya (que parece una abreviatura de Matayana, protagonista de la guerra frontal a los bandoleros durante los sesenta) son peones más en juego, que han desfigurado su acción de guerra en una retaliación de constantes “desquites” y que le dan al conflicto el tono de los problemas y caprichos humanos, manipulados por unos y otros en función del odio y totalmente lejanos a disputas partidistas

Marcos o el HOMBRE, evocación constante del padre Barrios como un referente de su niñez, construye en contraste a los eventos y personas del presente de la narración, al campesino vegetal, mineral, fusión de la tierra y la vida. En la filosofía del hombre se intuye la necesidad de hacer suyos los baldíos y en ellos perpetuar la presencia de su prole. Protagoniza al campesino que coloniza y siembra y hace suyo y de los suyos la tierra. Lo equiparamos entonces, en relación a los hombres del campo de la primera fase de la historia enmarcada durante los años veinte y treinta:

“-“si vino antes que los otros, ¿Por qué no echó mano a toda la extensión baldía?, le preguntaron.-“Porque lo grande ofusca y no se hace entrañable. Es bueno decir: mi mano levantó aquel muro, hizo este cerco, abrió ese camino. Mejor si todo puede verse desde donde se habla”.[3]

Responde EL HOMBRE y así nos muestra su austeridad filosófica, la sencillez y la posición frente al momento histórico, sin que sea perceptible aún la pugna agraria que Darío Betancourt E. y Martha L. García B.[4] apuntan en relieve durante los primeros años de mitad del siglo XX. Aunque Vallejo no lo haga evidente en las palabras o momentos recordados, si presentimos la cicatriz que dejaría en un hombre así el hecho de ser separado de la tierra que ha doblegado y moldeado. Los dos investigadores sitúan al campesino de ese momento(años veinte y treinta) movido por las distintas estrategias electorales, manipulados por caciques y gamonales; junto a esta manipulación la distribución deliberada de la tenencia de la tierra de acuerdo a conveniencias políticas o económicas, adicionándole a este proceso las reglamentaciones establecidas durante la República Liberal que le permitieron a los campesinos acceder a los terrenos baldíos pertenecientes a hacendados y propietarios que entran en conflicto con los nuevos colonos y parceleros y que a su vez, con la tierra expropiada, usrpuda, comienzan a ser eslabones del encadenamiento del conflicto.

De esta caracterización está construida la vida del enterrador. Ahonda aún más la historia de expropiación a la que es sometido y que ilustra el macabro proceso de asedio que soportaron los campesinos que colonizaban determinadas regiones del país y que entraban en disputa con respecto a los intereses de hacendados, asociaciones agrarias gubernamentales o gamonales interesados en sacar partido del problema para su lucro personal. En el prólogo de la tercera parte se cuenta la historia del enterrador:

“-“Hay sitio en las tierras altas del páramo”, le habló él años atrás. Los cuatro ojos viraron hacia la cordillera, con tanta esperanza que parecía sostenida por ellos. La mujer comentó:
-“Entonces vamos alas tierras altas.”
Así llegaron al Páramo y construyeron casa de barro y cañas cruzadas y sembraron papas y hortalizas y encauzaron el agua para la poceta y organizaron su vivir entre los matorrales de viento y chamizas. Hoy bajarían de regreso a Tambo.

En la distancia otros ranchos ardían, el viento se cebaba en las llamas, las llamas crepitaban al contacto del frío.”[5]

El frío de la escena es la conciencia de la muerte que acecha imperativa por los campos al campesino. En el campo de muerte que dibuja Vallejo se van los jinetes cabalgando un caballo de viento que deja como estela los sonidos de La Violencia. Plomazos a lo lejos, los ladridos de los perros y el sonido del fuego devorando las casas. La expropiación que sufre el enterrador la asociamos en general por obra del cojo Chútez, quien determina las posesiones de la tierra en Tambo y sus alrededores. Implanta la aniquilación y la aplicación del terror como medida de partida de sus prepósitos comerciales. En una amplia enumeración, Daniel Pécaut[6] explica la relación de la Violencia con las estrategias económicas de los distintos municipios o regiones, dependiendo del desarrollo económico que persistiera. Pécaut hace referencia al Huila, al Tolima y a Quindío como regiones que ya desde el siglo XIX habían tenido una enconada participación en el proceso de violencia, registrado en la guerra civil y partidista. Tal evento se repite en los años veinte y treinta radicalizado por oleadas de colonos sin título de propiedad que llegaban a avivar el problema. El alza del café en 1949 hace que haya una expansión en las zonas donde se cultiva. Esto genera la necesidad de apropiarse de más tierra y así provocar el desalojo. La colonización antioqueña presiona el proceso y se extiende como otro actor del conflicto hasta el norte del valle. En una enumeración superficial de ciertas circunstancias económicas de la apropiación de las tierras se encuentra en el trasfondo del problema de la Violencia en distintas zonas del país, dice el investigador.

Por otro lado, el poder del cojo Chútez ha sembrado odio en las gentes de Tambo. Por los caminos que ha recorrido, deja una semilla vindicativa que en la hora señalada le cobrará su cuenta. El cojo es heredero de la tradición gamonálica que hace presencia en la vida pueblerina desde el siglo XIX. Acentuada por el protagonismo que la pugna bipartidista imprimió en la vida política de principios de siglo, se hizo fundamental para mantener la hegemonía de poder en los lugares más alejados del territorio nacional en la década de los cincuenta al manipular el movimiento electoral de la época. Falange del poder en los lugares más alejados, el gamonal inflingía su estela de dominio al amparo de las instituciones.

El gamonal no hace referencia a color partidista. Actúa y colabora en el establecimiento del orden y de las buenas costumbres. Está ligado al sargento Mataya y juntos se colaboran en el juego de la dominación del lugar. El término Gamonal está presente en el discurso político de las postrimerías del siglo XIX. Según José Orlando Melo, en su texto “Caciques y gamonales”[7] fue Simón Bolívar quien usó por primera vez el término para referirse en 1830 a unos importantes neogranadinos que apoyaban la dictadura de Urdaneta y sin dar al término un carácter peyorativo.

Más adelante, cita al escritor y cronista José María Samper que hace una descripción en 1866 del personaje y una posible etimología del término:
“La lengua española da el nombre de Gamonal a un terreno que abunda en plantas asfodilas. Pedro entre nosotros se ha ampliado la idea por un extraña analogía y tomado picarescamente el propietario por la propiedad y se llama “gamonal” (por no decir capataz o cacique) al hombre rico de un lugar perruno, dueño o poseedor de las tierras más valiosas, especie de señor feudal de la parroquia republicana, que influye y domina soberanamente el distrito, maneja a sus arrendatarios como borregos, ataca y desata los negocios del terruño como un San Pedro de caricatura y manda sin rival como un gallo entre sus gallinas.”[8]

Este poder atraviesa afirmándose durante el inicio del siglo XX y toma particular importancia en la década del veinte cuando el gamonal participa activamente en la algidez política, a medida que crece la participación electoral y debe movilizar al pueblo, generar entusiasmo e identidad de partido (a veces mediante la promoción de la confrontación violenta con el adversario), de aumentar la participación política.

El gamonal es entonces un agente fundamental en un proceso donde debe manejar los hilos electorales en la zona de influencia, haciendo real el aparente derecho al voto que tiene el pueblo elector que está sumido en la ignorancia y el abismal alejamiento de la realidad política. Mediador de caudillos. Manipulador de conveniencias locales, el gamonal cambia de poder participativo y de color partidista a la sazón del correr de la historia. Se transforma la participación en vista de la necesidad de los caudillos de apoyarse en estos hombres sobre los que se carga el devenir de oligarcas o mandatarios populares. El cojo Chútez se hace gamonal en la necesidad de imitarlos y adquirir su poder:
“desde los diez años en los animales de riña aprendió su agresividad. Amaba los gallos, admiraba a los caciques aldeanos porque sabían imponerse , y supo de las pequeñas glorias formadas a base de guapetonería. Y como su anterior pobreza lo humillaba juró ser fuerte en poder político y en capacidad económica aunque se convirtiera en embaucador”[9]

Tal poder, arraigado en la escena de los pueblos habría de tener una fuerza imperante en la vida de las personas de humilde procedencia: Campesinos en busca de tierras u otros arrancados de las que ya poseían. El escultor y escritor Rodrigo Arenas Betancourt lo ilustra en su libro Crónicas de la enrancia, del amor y de la muerte:

“El pueblo empollaba bajo las vigilantes torres de la iglesia. Los hombres tenian poco que hacer y se dedicaban al alcohol, al ocio y a las rameras. [Tambo] Cuando empecé a crecer el pueblo estaba dividido en castas. Familias buenas y malas. Familias bien y ricas, familias malas y sin nada que llevarse a la boca. Era para mí un espectáculo conmovedor cargando el palio, tan circunspectos y tan cerca de Dios y del padre eterno…la masa, la inmensa masa, eramos las familias pobres “malas”, astronómicamente numerosas que buscabamos el alimento como un ejercito de hormigas…La miseria en Fredonia se debía a la injusticia al reparto de la tierra y a la ignorancia y puede que también al hechio de que todos queríamos llegar a ser gamonales por medio de la providencia divina.”

Para el momento de la historia de Tambo el cojo Chútez, el gamonal que cae, es heredero de toda esta tradición y conveniencia política personal. Ël no tyrajo la violencia a Tambo. Sólo mes ella la herramienta que usa para volverse rico. Como entramaje de este gran estado de cosas el cojo se cuestiona sobre su papel en la escena de la violencia:
“El ripio del mal cuando el mal se hizo impotente”[10]
Haciendo referencia a su mezquina participación de la Violencia. Heredero del mal, se une a él para continuarlo y esperar el momento en que el destino lo enfrente al día señalado.

Los movimientos campesinos datan en la historia desde los años treinta, época en la que se radicalizó el problema bipartidista como una acción de sectarismo político, asociado a la expropiación de tierras y al proceso de colonización. Los grupos de resistentencia liberal de los llanos orientales y los grupos organizados por el partido comunista, al igual que la conformación de distintas cuadrillas de bandoleros durante la década de los cincuenta, afiliados a la acción y protección de unos y otros elementos de poder nos remiten a considerar los distintos frentes de resistencia o movilización campesina que se pueda adecuar a la que se sugiere en la novela como un momento revelador.
La característica que muestra el grupo que se enfrenta al grupo de Chútez y al contigente de soldados y su radical ejercicio de poder está configurado como un grupo de resistencia similar a los grupos armados que se constituyen en el páis después del nueve de abril de 1948 y distnto a los grupos relacionados con el accionar de la violencia en los años treita y a los grupos organizados por el partido comunista en el tolima. Podríamos referirlos como un grupo que extiende la necesidad de expulsar an queines han ostentado el poder en el publo y tomar una actitud vindicativa. Si bien Pedro Canales habla de una revolución, los guerrileros a su mando no están formados en otro eleven to más que la opción de liberar se del yugo y tomar venganza. Las bases de apoyo están notoriamente ubicadas en el pueblo, que en silencio y en la fase de la novela, de una manera desafínate, como .l lo vemos con el enterrador toman la determinación de enfrentar casi cínicamente a la muerte y ayudar en la toma guerrillera. No se observa en ellos un plan político más que la revancha.

El páramo es el lugar donde se refugian los guerrilleros, muy similar a las zonas de guerrilla y autodefensa a las que el gobierno del frente nacional comienza a enfrentar en las tácticas de represión de las bases de apoyo y bajo las estrategias que aprenden del gobierno Norteamericano, quien ha entrado a cubrir todo el conflicto agrario y campesino de Colombia bajo la frontal lucha contra el comunismo en América latina. No en vano está la alusión de la tumba de José Miguel Pérez. En ocasiones creeríamos que se trata de una historia que no tiene fin. El `´irculo vicioso de nustra nación y que lo confirman los hechos recientes.

[1] VALLEJO, Manuel Mejía. El día señalado.Plaza y Janes, 1984; Pág. 9
[2]“ Otros factores favorecieron la manipulación electoral de los conflictos agrarios; varias leyes(la Ley71 de 1917 modificada por la Ley 47 de 1926 que legalizó y facilitó los trámites para el denuncio y adquisición de baldíos) y decretos habían estimulado la colonización y adjudicación de baldíos por parte de los municipios dentro del marco de la construcción de caminos, ferrocarriles y obras de fomento…Esta situación se hizo más evidente a partir de 1925, cuando hubo un auge en la ocupación de baldíos y de haciendas en conflicto, y más aún después del triunfo liberal de 1930. Durante la República liberal alcaldes, concejales y otros funcionarios públicos entraron a respaldar abiertamente la ocupación…a cambio de fidelidad política para el gamonal de turno” BETANCOURT, Darío y GARCÍA L, Martha. Capítulo 1. Gamonales, colonos y la violencia de los años treintas y cincuentas. EN: Matones y Cuadrilleros, origen de la violencia en el occidente colombiano, 1946 – 1965. Colombia, 1990; Pág. 28.

[3] Ibíd., P. 140.
[4] BETANCOURT, Darío y GARCÍA, Martha, op. Cit., p. 28
[5] MEJÍA, op. Cit., P. 188
[6] Pécaut, Daniel. Orden y violencia, evolución socio-política de Colombia entre 1930 – 1953. Norma. Bogotá, 2001; pág 620.
[7] MELO González, Jorge Orlando. Caciques y Gamonales, EN, Credencial Historia, Biblioteca Virtual del Banco de la República, 2005.
[8] Ibíd.
[9] MEJÍA, op. Cit., P. 164
[10] MEJÍA, op. Cit., P. 165